Sobre revictimización, victimización secundaria o nuestro cuerpo como campo de batalla.

Si pudiese preguntar a cada una de las lectoras y lectores si está a favor de los abusos o agresiones sexuales (léase a partir de ahora, violencias sexuales), seguramente nadie levantaría la mano.

Los datos sobre la violencia contra las mujeres

Teniendo en cuenta que, según datos del Ministerio de Igualdad de 2019:
Una de cada dos mujeres han sufrido violencia a lo largo de sus vidas, que el 13% han sufrido violencia sexual, que se estima que las denuncias por violencia sexual solo recogen el 20% de la realidad (cifra negra), que el 74% de las mujeres que han sufrido una violación han vivido también otras situaciones de violencia sexual, que el 14% de las mujeres que han sufrido algún tipo de violencia sexual afirman haber sido violadas cuando estaban bajo los efectos del alcohol o las drogas; que, según la macroencuesta de percepción social de las violencias sexuales, el 40% de la población consideran que estar bajo los efectos del alcohol podría actuar como atenuante, en un país en el que la mayor parte de las personas socializan alrededor del alcohol, algo no cuadra.

TODAS

Y es que, entre algunas y pocas, TODAS. Todas, en mayor o menor medida, hemos sufrido algún tipo de violencia solo por el hecho de ser mujeres.
La ONU lo explica claramente “ser mujer es un riesgo para la salud”. Tan solo el hecho de ser mujeres hace que estemos expuestas a los peligros del patriarcado: violencia de género, violencia sexual, violencia obstétrica, violencia estética, en definitiva, violencias machistas.

Una patología social

Nuestra sociedad padece de ciertas patologías. Por un lado, nos echamos las manos a la cabeza cuando escuchamos hablar de violencia sexual, pero ¿qué sucede cuando una compañera nos cuenta que nuestro jefe, el colega con el que te tomas cañas, la atormenta con proposiciones constantes? ¿Qué pasa cuando vamos a la policía y reiteran una y otra vez que cuánto habías bebido esa noche, cómo se te ocurre irte con un desconocido, o por esa calle, a esas horas? Ya sabes lo que hay, bonita. ¿Y, cuando en los juzgados preguntan por qué no has denunciado hasta ahora, por qué no te defendiste, o si estás en una situación regular en este país? ¿Qué le pasó a la superviviente de la manada, cuando sacaron a la luz su cara y de fiesta? ¿Qué pasó cuando todos miraron para otro lado mientras Simone Biles, entre muchas, era abusada bajo la presión de una imparable carrera deportiva? ¿Qué pasa cuando un teatro entero se levanta en ovación a Plácido Domingo tras ser denunciado por 27 mujeres y haber reconocido sus abusos ¿Y cuándo premian a Roman Polanski?
¿Cómo se sintieron ellas?
Invadidas, negadas, invisibilizadas, marginadas, violentadas.
Mientras, los agresores siguen gozando del reconocimiento y el espacio público y ellas, supervivientes, se han tenido que ir de sus casas, sus barrios, sus puestos de trabajo, para poder seguir respirando y no desaparecer del todo.

Las consecuencias de la revictimización

Esto se desarrolla en el marco de la cultura de la violación. Y todo esto tiene un impacto brutal en la salud de las mujeres: se trata de la revictimización o victimización secundaria.
Cronificación de trastornos de estrés postraumático, depresión, ataques de pánico, ansiedad generalizada, culpa, miedo, agorafobia, anhedonia, insomnio, desesperanza o temor por la vida, entre otros síntomas, es lo que me he encontrado de manera generalizada a lo largo de más de diez años como psicóloga acompañando a mujeres víctimas de violencia sexual en instituciones públicas y privadas.
Según el Consejo de Europa, la victimización secundaria es la que ocurre no como resultado directo del acto delictivo, sino mediante la respuesta de instituciones e individuos a la víctima.

Culpabilizar a la víctima

Esto no solo sucede desde las instituciones judiciales sino también cada vez que se cuestiona el relato o vivencia de una víctima. Minimizar el daño, justificar o hacer que aquí no ha pasado nada, es culpabilizar a la víctima. Y, en estos casos, no existen las medias tintas.
La cultura de la violación es omnipresente. Está grabada en nuestra forma de pensar, de hablar y de movernos por el mundo. Y, aunque los contextos pueden diferir, la cultura de la violación siempre está arraigada en un conjunto de creencias, poder y controles patriarcales.
Casos como el de la manada y el fenómeno #metoo han ayudado a visibilizar parte de las violencias sexuales, y no es poco el impacto que han tenido, no solo externo sino también interno, porque lo que se nombra visibiliza, y reconocer el daño es enormemente sanador.

¿Qué hacen las instituciones?

A nivel institucional las cosas también se han movido. Tras las reivindicaciones feministas que surfean ya la cuarta ola y las demandas de las mujeres, este mes de julio se ha aprobado la Ley orgánica de garantía integral de la libertad sexual, la “ley del solo sí es sí”, que regulará el consentimiento expreso y acabará con la distinción entre abuso y violación.

¿Qué hacemos nosotras?

Mientras, nosotras seguiremos trabajando para que esto enraíce en la cotidianidad de las mujeres, soñando con crear una cultura de consentimiento convencido, con erotizar el consenso, con el buen trato, con una sociedad libre de violencias y, en definitiva, con la paz de las mujeres.
Adriana F. Caamaño