Marta nos regala estas palabras tan bellas con las que todas seguro que nos hemos sentido identficadas alguna vez, esperamos que lleguen a quienes les peudan servir en este momento, medicina en forma de palabras.

Hay momentos o meses donde vivimos con la venda puesta. Esta venda nos protege del dolor, de mirar las injusticias cara a cara, porque no siempre el cuerpo está a tono suficiente como para mirar los no-cuidados frente a frente. La venda nos deja seguir viviendo y construyendo, sin tener tan presente las actitudes ególatras y egocentristas de algunas personas que viven a nuestro lado y que pasan algún tiempo cerca de nosotras.

Hay un momento donde esa venda se desgasta, se hace más fina o el tiempo y el viento la va erosionando, de su uso continuado y casi diario. En ese momento a veces la venda se rompe del todo, y los ojos miran a su alrededor directamente y sin filtros. Es potente el impacto de esa realidad directamente tocando la cara, el pecho, el corazón.

Ese dolor que emerge te dice: abrázate, dignifícate, respírate.
Pero a ratos todo ese proceso de re-abrazo duele porque mientras que te re-abrazas y te re-respiras tocas todas las veces en las que no te abrazaron, no te vieron, no te quisieron, no te escucharon, no te respiraron.

Pasar a ser sujeto de ti misma es una auténtica maravilla, pero la primera parte puede ser rompedora, porque todo el tiempo que fuiste objeto deja un poso de extrañeza y polvareda que recubre tu cuerpo y tu interior. Limpiar todo ese polvo a veces rasguña algo la piel.

Lo importante es saber lo que está ocurriendo, que te estás desempolvando para mirarte frente a frente, esta vez sin venda, y dejándote ver y tocar por quien siempre te vio y te intento abrazar respetuosamente, aunque pusieras resistencia en esos momentos por lo que dolía, por lo extraño de la experiencia.

Quitar la venda, al ritmo que se pueda, mientras que acaricias lo que hay por dentro de ti, con mimo, respeto y dignidad.

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