Un artículo de nuestra psicóloga Sonsoles sobre la importancia de la escucha empática y la validación.

Cuando nacemos, necesitamos para sobrevivir una figura de cuidado que satisfaga nuestras necesidades básicas de subsistencia, como el alimento o el agua. Es algo bastante obvio que nadie cuestionaría.

Sin embargo, hay otras necesidades casi igual de importantes para nuestro correcto desarrollo y salud mental. Hoy hablaremos de la necesidad de sentirme vistx y comprendidx, de la escucha empática y la validación.

En ocasiones, hemos podido experimentar que no validan nuestras emociones

Las emociones están ahí mucho antes que el lenguaje, forman parte de nuestra inteligencia. Para aprovechar su inteligencia, necesitamos a nuestro lado figuras que nos permitan dichas emociones, nos ayuden a nombrarlas, diferenciarlas, y nos hagan sentir que son válidas y las entienden.

Por desgracia, no siempre han sabido acompañarnos, entendernos o darnos derecho para expresar todas nuestras emociones. Desde el sesgo de género, en general, a los niños se les ha transmitido como inadecuada la tristeza (“los chicos no lloran”), y a las niñas el enfado (“te pones fea cuando te enfadas” o “tienes que ser buena”).

Han podido quitar importancia a cómo estábamos viviendo una situación, nos han podido llamar exageradas, dramáticas o han podido dar más importancia a cómo les afecta escuchar eso que expresamos.

Así que, a veces nos hemos podido sentir invalidadxs y eso generan sentimientos tan dolorosos como la tristeza (“no me comprenden”), soledad (“nadie me ve”), vergüenza o culpa (“no me aceptan”, “soy mala por sentirme así”).

Por ello, bloqueamos la consciencia o la expresión de las emociones

Debido a ello, aprendemos a bloquear ciertas emociones y guardarlas dentro de nosotrxs, porque sentimos que nadie va estar ahí para sostenerlas. Esto influye directamente en la aparición de conflictos internos, síntomas de ansiedad, depresión o manifestaciones psicosomáticas.

Nadie nos enseña a cómo ofrecer una buena escucha y afirmación de la experiencia del otro/a, pero podemos aprender a hacerlo.

Sin embargo, como adultxs, la necesidad de sentirnos comprendidxs no desaparece, puesto que es básica. La buscamos también en otras relaciones fuera de nuestras familias. Podemos tener suerte y rodearnos de amistades empáticas y validadoras, pero, lo cierto es que nadie nos enseña a cómo escuchar bien a la otra persona.

Si además, no han sabido hacerlo conmigo, aún puede resultar más difícil. Tendemos a intentar animar, quitar importancia, dar soluciones o consejos… Porque, además, la sociedad capitalista en la que vivimos, nos trasmite la importancia de “estar bien, y funcionar”. Así que sostener la tristeza o el miedo tal cual lo siente el/la otro/a no siempre es fácil.

¿Cómo puedo hacerlo?

En realidad, la persona que nos cuenta algo, no está pidiendo que le resolvamos nada, solo necesita sentirse vista por dentro y reconocida en su experiencia. Solo necesita unos momentos de sostén, de sentir su corazón validado.

Y, ¿cómo se hace eso? En primer lugar, debes hacer hueco dentro de ti a eso que te cuenta, apartando el juicio, poniéndote en su piel, y dejando resonar dentro de ti su experiencia y su sentir. No se trata de estar de acuerdo, sino de comprender y respetar.

En segundo lugar, puedes ofrecerle una frase que capte eso que está pudiendo sentir… Valida la emoción y deja que la persona pueda matizar o corregir, no hace falta dar en el clavo a la primera.

Puedes ir dejando entonces que siga desarrollando su sentir y tú vas asintiendo con la cabeza y ofreciendo frases que capten cómo es ser-esa-persona-en-ese-momento.

Es realmente reconfortante una escucha profunda… ¿Te apetece probarlo? Te animo a comentar esta publicación con alguien, practicar y daros feedback mutuamente sobre la experiencia. ¡A por ello!

Sonsoles Blanco
Psicóloga General Sanitaria