A lo largo de la vida pasamos momentos o situaciones donde recibimos violencia. La violencia tiene muchas caras, algunas activas, otras más pasivas, todas ellas dejan una huella en nuestro cuerpo, algunas en el momento mismo de recibirla, otras en momentos posteriores.
Escuchamos y nombramos muchas veces esta palabra. Quizás el cuerpo nos presta herramientas vivas y presenciales para identificarla y que desde ahí pueda ser más fácil el camino de construir alternativas a la misma.

¿Qué es la violencia? ¿Qué caras toma? ¿Cómo se manifiesta?

La violencia es una experiencia donde nuestro cuerpo no se siente seguro, siente que no tiene espacio para respirar, para estirarse lo necesario, para ser lo que necesita ser. La violencia es una experiencia donde sientes que la fuerza propia es agredida, invadida, extraída o aplastada por otras fuerzas que aparentemente se imponen, se sitúan por encima de la fuerza propia.

Manifestaciones de violencia son por ejemplo:

  • Una ausencia en presencia propia: cuando alguien dice estar y posteriormente no nos da una presencia de calidad.
  • Una sensación de que la otra persona ocupa todo el espacio o mucho más espacio que tú al hablar, estar, hacer, decidir, dirigir.
  • La imposición de los afectos de otra persona frente a los afectos propios de manera desproporcionada. Cuando la otra persona expresa sus afectos, sus preocupaciones, sus intereses, y queda poco espacio para que tú compartas al mismo nivel. O genera confusión para expresar con la misma claridad lo que hay dentro de ti.
  • El empleo de formas rudas, agresivas en situaciones de desacuerdo o conflicto.
  • El recibir silencio continuado y no comunicado previamente por parte de una persona con la que mantienes una relación de amistad, una relación sexoafectiva, un familiar, etc.
  • La falta de comunicación de las necesidades y el dar por hecho que tú tienes que adivinar, intuir, conocer.
  • La falta de cuidados en su amplio espectro: cuidados domésticos, escucha emocional, organización logística desequilibrada o sin tener en cuenta el conjunto de necesidades de todos los miembros en proyectos u organizaciones.
  • Minusvaloración de la opinión o criterio de otra persona.
  • Cuestionamiento de las decisiones
  • Control sobre los movimientos autónomos que realiza una persona.
  • Cualquier experiencia donde se jerarquiza o se impone el criterio de un grupo con respecto a otro, de una persona con respecto a otra.

¿Qué impacto tiene la violencia en el cuerpo y en la experiencia de una misma?

Todas estas experiencias previamente descritas dejan en el cuerpo una huella, de opresión, de falta de espacio, de sensación de no poder mostrarse o construir libremente.

Concretamente y a modo de ejemplo, la violencia deja huellas de este tipo :

  • Falta de aire
  • Sensación de opresión en el pecho
  • Insomnio o dificultad de descansar con la sensación de pleno derecho a hacerlo
  • Dificultad para sentir lo que sientes
  • Dificultad para tomar decisiones. Duda sobre el propio criterio
  • Dificultad para expresar el no o el sí libremente. Miedo hacia la expresión de las propias opiniones
  • Miedo a compartir la intimidad con personas que te ofrecen buen trato
  • Vergüenza en la experiencia de recibir buenos tratos
  • Descuido, abandono personal en los cuidaos rutinarios
  • Adicciones o proceso de dependencia a sustancias o conductas dañinas hacia el cuerpo.

¿Cómo podemos identificar la violencia?

La violencia, por desgracia, se encuentra muy presente en nuestro día a día. Pocos son los espacios o entornos que se atrevan a nombrarla. Está muy normalizada y a veces se percibe o asume como una dinámica que forma parte de la vida y con la que tenemos que aprender a convivir o cohabitar. Esto no es así. La educación recibida en cuestión de buenos tratos o de cuidados es escasa y esto genera maneras de funcionar desequilibradas, patriarcales, poco cuidadosas.

El primer paso para poder lanzarnos a construir dinámicas alternativas, donde los cuidados puedan estar en el centro, es la de identificar y poner nombre a aquello que nos está oprimiendo, ya sea en una relación entre dos personas o en un proceso grupal o colectivo.
En una relación entre dos personas es bueno que la persona que se encuentre oprimida o violentada pueda contar con espacios alternativos de escucha o de autonomía donde pueda notar el impacto de dicha violencia en su cuerpo, pueda tener momentos donde resonar con los impacto de la misma, y donde el contacto de esta persona y su cuerpo pueda ser posible. Espacios de este tipo pueden ser relaciones de amistad o cercanas que le supongan seguridad, una relación terapéutica donde pueda haber un lugar de escucha propio, espacios de construcción colectiva donde la persona se viva en otros roles alternativos al de ser oprimida y su cuerpo pueda contactar con sus potenciales (más allá de sus dolores presentes).

En un proceso grupal donde la violencia está presente es importante poder tener espacios asamblearios o de conversación colectiva donde cada miembro pueda tener un espacio de seguridad donde expresarse, mostrar aquello que está impactando y nombrarlo como violencia. Desde ahí pueden surgir procesos colectivos de reflexión acerca de otro tipo de dinámicas, estrategias de reflexión y construcción basadas en los cuidados y estrategias de identificación y prevención para las dinámicas violentas.
Identificar es el primer paso. Poner nombre, para posteriormente poner freno y generar dinámicas alternativas de relación.

¿Qué hacer después de identificar?

Tras el momento de identificar se ha de hacer un proceso de asumir el daño que genera la violencia y es bueno facilitar un espacio donde puedan darse procesos de reflexión de alternativas a la misma. Es posible que para que este proceso de creación alternativa se dé, haya que contar con espacios donde las personas o grupos opresores reconozcan el poder que están empleando de manera violenta y asuman el impacto dañino y negativo de su forma de funcionamiento.

Si esto no se da porque los sujetos opresores carecen de Empatía o de conciencia de sus privilegios de poder, será necesario contar con espacios seguros, sin la presencia de estas personas, donde poder indagar y practicar formas de cuidado posible, desde la escucha, la seguridad emocional. Esto puede darse hacia con una misma (si se trata de una relación de dos, ya sea de amistad, de compañerxs, de relación sexoafectiva, de relación familiar) ya sea de manera autónoma (mediante la escritura, el arte, espacios propios) o de manera apoyada (a través de relaciones sanas que forman parte de su red afectiva segura, o relación terapéutica donde la persona tenga espacio para sentirse y validarse lo vivido). Si el proceso ha sido grupal, será conveniente generar un espacio de reflexión entre las personas oprimidas o violentadas, para afirmar el impacto del daño y generar alternativas de cuidados en la dinámica grupal sin la presencia de opresores.

¿Cuál sería el resumen del proceso de la liberación en procesos violentos?

  1. Identificar
  2. Poner freno o denunciar (más allá de legalmente, reivindicar el buen trato y rechazar dinámicas opresivas)
  3. Generación de espacio de seguridad
  4. Creación de dinámicas alternativas con los cuidados como pilar central.

¿Qué impacto juega la violencia en la vida de las mujeres?

De todo lo anteriormente expuesto es importante añadir, que las mujeres, por la historia que carga la humanidad en la mochila, estamos mucho más expuestas a ocupar roles oprimidos o atacados desde figuras que funcionan desde rangos superiores. Tener esto presente es importante para estar prevenidas y entrenadas en estrategias de prevención, creación de redes de cuidados y fortalecimiento de relaciones seguras. Más adelante, en otro artículo se expondrá concretamente qué es común que vivamos las mujeres en relación a la violencia. De momento es importante apuntar que es más probable que vivamos situaciones donde nuestro cuerpo se sienta violentado. Saberlo y asumirlo, más allá de situarnos en una posición o de víctimas, nos sitúa en una posición sabia, consciente, empoderada y cuidadosa hacia nosotras mismas y las compañeras/amigas/familiares con las que compartimos en nuestro día a día.

A su vez, fruto de esta posición que ocupamos en la sociedad también es posible que reproduzcamos roles opresores con otras personas. Reconocer nuestra historia y revisar las relaciones donde hemos participado puede facilitarnos el identificar también las energías violentas o dinámicas patriarcales que podamos estar reproduciendo. Desde esta identificación interna también es más fácil prevenir la continuación de dichas dinámicas.

De primeras tener la noción de violencia clara y nombrar las huellas que deja en nuestro cuerpo nos permite identificarla con mayor facilidad y desde ahí puede ser más fácil ponerle freno y generar dinámicas de relación alternativa, ya sea en relaciones de dos personas o en procesos grupales o colectivos.

Ganar consciencia colectiva de nuestro lugar en la sociedad nos permite conocer más claramente las reglas del juego de una sociedad que durante siglos ha funcionado con esta lógica patriarcal. Desde esta consciencia es más fácil identificar aquello que nos hace daño y organizarnos para sanar esas huellas y construir maneras de funcionamiento más justas y sanas para nosotras mismas y el resto de la sociedad.

Largo camino, pero en el poco a poco y teniendo al cuerpo presente como compañero que nos revela aquello que nos rodea, es más fácil.

Para cualquier duda o aclaración Marta está disponible para explicaros. Fantásticos los artículos que nos regala.

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